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Un vivero de ilusiones

Escrito por www.isencial.com on .

La Fundación Una Ciudad Para Todos cumple 40 años con una oferta laboral cada vez más diversificada para la integración de personas con discapacidad.

Comenzaron trabajando para erradicar el chabolismo en Gijón, y 40 años después son todo un referente en el trabajo para la integración sociolaboral de las personas con discapacidad intelectual. La asociación «Una ciudad para todos» está completando su transformación en una fundación, con lo que conseguirán «ser más estables a la hora de planificar el futuro y desarrollar proyectos», explica su presidente, José María Mori. Los inicios fueron complicados, pero gracias a la colaboración de una importante red de voluntarios se puso en marcha un plan integral para acabar con los núcleos de infraviviendas que salpicaban la ciudad a finales de los años 60: La Kábila y La Santina, en El Llano; La Dehesa, Villa Cajón, El Plano, La Picota y La Muria, en Tremañes; y El Arbeyal de La Calzada. Las comunidades parroquiales, los voluntarios y la creación de varios centros sociales y guarderías fueron el motor que acabó con las chabolas, un hito que, según los registros del colectivo, se alcanzó en 1990. Las acciones contra el chabolismo se habían transferido ya en 1983 a la recién creada Fundación Municipal de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Gijón. Pero el trabajo no hizo más que comenzar. Apenas un año después, en 1984, la asociación se puso manos a la obra en otra importante tarea, que continúa hoy en día. Los socios y colaboradores decidieron entonces empezar a colaborar en la integración de los discapacitados, en especial los intelectuales. Tal como recuerda José María Mori, lo primero que se hizo fue comprar la finca Vega de las Presas, en la parroquia de Vega, y en ella llevan desarrollándose acciones educativas, formativas y laborales desde hace 25 años. En la finca se ha construido un Centro de Apoyo a la Integración con 81 plazas, divididas entre el módulo prelaboral, que prepara a discapacitados con posibilidades de acceder al mundo del trabajo, y el ocupacional, para personas con un mayor grado de discapacidad. En él pintan y hacen manualidades dentro del proyecto «La Máquina Azul», una peculiar boutique de complementos elaborados por los propios alumnos. Tini Rugarcía es la tesorera, que se encarga de llevar el control del dinero que obtienen por la venta de sus pendientes, pulseras y colgantes. «Es muy divertido hacerlo», afirma mientras sostiene orgullosa una bandeja elaborada con cáscaras de huevo pintadas. El centro también dispone de una sala de estimulación sensorial y de un apartamento acondicionado para que los usuarios aprendan a desenvolverse en situaciones de la vida diaria. Además, la fundación cuenta con cuatro pisos tutelados en la ciudad para que los discapacitados puedan vivir de forma lo más autónoma posible. A ello se suma el centro social de El Llano, que programa actividades de ocio para todos los discapacitados. Pero la estrella de los proyectos es Vegapresas, la marca bajo la que se agrupan las iniciativas laborales puestas en marcha desde el Centro Especial de Empleo, como explica su gerente, Carlos Aller. «La idea fundamental es la de crear empleo para este colectivo, porque con ello conseguimos un efecto multiplicador», apunta Aller. En la actualidad, el centro cuenta con 75 trabajadores, 60 de ellos con discapacidad, que se dividen entre la empresa de jardinería y vivero, catering y manipulados industriales. «Funcionamos como una empresa, vendemos nuestros productos y estamos ampliando mercados, especialmente en lo que se refiere a catering, con nuevos pinchos de hojaldre», indica Carlos Aller. Mientras tanto, Verónica Rodríguez y Laura Riomar elaboraban con paciencia una bandeja de entremeses. «La gente nos felicita», cuentan con una sonrisa. David Santiago, por su parte, montaba canapés, un trabajo «de chinos», pero que le da muchas alegrías. Entre sus especialidades, los saquitos de queso y anchoa o los canapés de queso azul con mermelada de kiwi. A pocos metros, otros trabajadores se afanaban en el montaje de sillas ortopédicas, dentro del módulo de manipulados industriales. Y en el vivero, Julio José Díaz limpiaba las malas hierbas. «Hago de todo, limpiar, barrer y hasta traer el periódico», relataba carretilla en mano. Además, desde hace un par de años cuentan con un invernadero de frutos del bosque, que comercializan en la tienda de la que disponen en la finca, junto con las plantas y el resto de productos de jardinería. El proyecto crece y se retroalimenta, logrando una autonomía y un buen funcionamiento. De momento, «con el tamaño que tenemos está bien», resume José María Mori, aunque Vegapresas, como cualquier compañía que se precie, sigue innovando y añadiendo actividades a sus proyectos. «Tenemos capacidad de crecimiento», apunta el gerente. Para ello, junto con el espacio, cuentan con los servicios de apoyo de la asociación, toda vez que el propio Centro Especial de Empleo realiza trabajos de mantenimiento y limpieza. Buena parte de las instalaciones que se han ido creando en la finca son obra de los discapacitados del centro, que no dudan en cambiar de actividad para hacer crecer el negocio. Y también ayuda a que «se hagan visibles en la sociedad, el gran reto que nos queda por delante», asegura Mori. Porque nada mejor que el trabajo para vencer las dificultades y la ilusión para acabar con los prejuicios.